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domingo, 10 de julio de 2011

“Sudor de negro y cacao”


Alexander Torres Iriarte


La Independencia es una de las etapas más polémicas de la historia de Venezuela, esto se debe a que, en gran medida es el período de nuestro devenir como pueblo donde se echaron los primeros pasos de la nacionalidad en el contexto de una guerra decisiva para la emancipación de la metrópoli española. Como hora de rompimiento con el nexo colonial encierra gran complejidad; en gran medida porque quienes lideraron la gesta libertadora -el mantuanaje- erigieron una explicación justificadora de la ruptura contra el invasor, traducida en una “historia patria”, a la vez que silenciaron la participación protagónica de los sectores populares. Los negros, los indígenas, los pardos, etc:, no gozarían de los créditos de libertadores después de  haber pagados con sus vidas y familias el imperativo de una sociedad republicana y  la lucha contra la intervención externa.

Los vencedores  de las lides que sellarían  la separación absoluta y sangrienta de la Corona española, se encargarían de explicar que sobraban las razones para tamaña empresa, por ser el régimen español usurpador y oprobioso cargado de  abusos y excesos. Aducían causas políticas de autonomía y soberanía mientras que mantenían intactas las relaciones económicas de dominación. Esto explica en parte, cómo la primera Constitución  sancionada en Venezuela a raíz de 5 de julio de 1811, aún cuando hacía clara alusión a la libertad, la justicia y la igualdad en la vida real seguía incólume la explotación a los grupos humildes. ¿Cómo se podría decir que todos los hombres eran iguales como rezaba en sus artículos principales la Carta Magna en una Venezuela donde existía mano de obra esclava? El carácter censitario y oligárquico estaban presentes pese a todo el alarde progresista de la misma. Vista así las cosas, mucho de las leyes eran letras muertas en una República que nacía con un pecado original: jerarquías sociales dada por la raza, el honor  y la prosapia.

La historiografía como arma fundamental para exaltar la independencia y desaprobar con  la colonia, relegará a segundo plano todas aquellas tentativas que no procedieran de la nobleza colonial. Si bien, no ignora por lo menos subestima a todos aquellos movimientos de intereses distantes al “círculo de fundadores de la patria”. Acompañar a expediciones, sublevaciones y conspiraciones con el prefijo pre ya le da una connotación de segundo orden a estas iniciativas que no representan a las clases dominantes, además de vetarlas del “momento áureo” de la independencia.  Románticos, positivistas y revisionistas -con honrosas excepciones- se encargarán de asignarles un rol subalterno a las mayorías marginadas, calificándolas de “hordas bárbaras y perezosas” incapaces de alcanzar las virtudes republicanas exclusivas de los blancos criollos. Entonces, la independencia entendida únicamente como deslinde político o acciones militares exclusivas de las élites ductoras será defendida por la historiografía tradicional, sin admitir en primera instancia la posibilidad de enfrentarnos con un proceso inconcluso y excluyente, en el cuál los intereses foráneos de ayer y hoy conspiran con los factores antinacionales de casa,  para mantener las cadenas de la opresión. Es bajo esta orientación que Enrique Bernardo Núñez tiene razón, cuando nos dice  que la conquista, la colonia y la independencia no son fases superadas de nuestra historia, sino que dialécticamente están latentes en nuestra actualidad.

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Aquí llegamos a  los archiconocidos “movimientos preidependentistas”, siendo  la insurrección de José Leonardo Chirino el más ejemplarizante de lo que venimos afirmando. Es en este sentido que llamamos la atención sobre la trascendencia histórica de José Leonardo Chirino, zambo libre que capitaneó con José Caridad González en mayo de 1795, en la serranía coriana y zonas adyacentes, la rebelión de negros y mulatos contra los abusos de José Tellería, poderoso comerciante y síndico procurador de la ciudad; Juan Manuel Iturbe, representante de la Intendencia del Ejército y Real Hacienda; y Luis de Bárcenas, Administrador de Aduana del Caujaro; respectivamente.  Adjudicarle la condición de  “preindependentista”  al alzamiento de Chirino de igual manera niega la importancia de un movimiento que abogó por la proscripción de la esclavitud, la igualdad de clases, la eliminación de los privilegios y la derogación de los impuestos de alcabala. Sobre el polémico asunto de la influencia o no de la Revolución francesa y los principios republicanos el movimiento de Chirino, sea cual sea la verdad histórica, no desmerita el contenido social de la misma en una época en que el sistema hispano daba claras señales de crisis en sus colonias de ultramar. La Independencia no es una mentalidad importada, es la respuesta concreta contra la ignominia de la metrópoli y sus agentes procoloniales. 
    
De tal modo que considerar al Chirino como una simple insinuación preindependentista, es reforzar la mirada eurocéntrica y clasista que invisibiliza el despertar de una conciencia popular propia proclive a la liberación de cualquier yugo. Pese a ser una manifestación local -como muchas veces se le enrostra- el pedimento de Chirino es universal,  el de combatir cualquier injusticia, con o sin organicidad ideológica, lo que no invalida la fuerza del espíritu humano que quiere romper las cadenas. Chirino es un independentista, símbolo un movimiento socio-reivindicativo, no fue un mero “delincuente” , fue una hombre con una pueblo ganado para la libertad, la independencia y el hambre de justicia, apreciados sueños que todavía nos persiguen.

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